La ficción mata carita (parte 3)

La plática estaba genial. La confianza mejoraba gracias a lo abierto de nuestras mentes esa noche, y todas las cervezas que tomábamos. Si yo decía blanco, ella gritaba negro con manchas amarillas. Era una mujer graciosa y se reía de mis chistes. Me contó sobre su vida sin tanto preámbulo. Encantador. Tenía 27 años, acababa de terminar con su novio con quien por poco se casan, vivía con su madre y conocía a mi amigo por trabajo.
“Nuestro compai, así le digo a tu amigo, creyó que te ibas a rajar y se animó a contarme sobre ti y a enviarme una foto tuya, por eso decidí llamarte. Me informó que llevas más de 7 meses de no tener relaciones sexuales, ¿es cierto?”, me comentó ella. Una de cal y una de arena del compai pendejo. Le respondí que era verdad y le relaté un poco sobre mi ex novia, sin caer en detalles. A raíz de la maldición de la falta de sexo, le entramos a los temas íntimos, pero ella siempre molestaba con mi tiempo de celibato forzado. “Que casualidad, yo tengo 7 meses de no besar a alguien… no te creo, yo llevo 7 meses de no ver porno…”, eran sus bromas. Me tenía contra las cuerdas.
El momento clave fue cuando bromeó “tengo 7 meses de no comer una hamburguesa”, porque se me ocurrió la propuesta que le dio el giro a la velada. Me tiré al todo o nada. El valor lo tomé seguramente de las cervezas. “Yo conozco un lugar que vende unas hamburguesas deliciosas, pero las llevan al cuarto y se sirven en la cama. ¿Quieres ir? Yo invito”, le dije.
Dejó caer su botella vacía a la mesa, la sonrisa de su rostro se borró y me lanzó una mirada cortante. Ni modo, quien no arriesga, no gana. Y parecía que en ese instante yo vivía la derrota encarnada. Preparando mis palabras de disculpas y despedida estaba, cuando ella tomó su bolsa, su chaqueta, se levantó y dijo “pero en tu carro, yo no tengo mucha gasolina”.
Mi bluff fue acertado, porque nunca he comido hamburguesa en un motel. Por suerte, uno nuevo de dueños coreanos quedaba cerca. Ofrecía 10 habitaciones. Buscamos… la Uno está ocupada… la Dos también… la Tres igual… la Cuatro en limpieza… y así llegamos a la Diez, también indispuesta. Maldito viernes día de pago de quincena, todos querían un poco de cariño y lo podían costear. Quise rezar para conseguir un lugar, y lo hice, con un poco de vergüenza. Milagrosamente, la mucama del Cuatro salió y nos hizo señas que podíamos entrar. Lo sabía, el número cuatro siempre ha sido el de mi suerte.
(Continuará).
Comentarios
jajaja
saludos,
gretel!
Mentiras compai, espero la otra parte del relato.
Esperamos con ansias locas cada detalle, t o d o!
Saluditos y esperando el siguiente.. =)
Saludos.
me encanto!
besos lindos
A.