miércoles, 17 de julio de 2019

The Simpson – Las risas ácidas y amarillas de la nostalgia

Foto: Cortesía
A principios de los noventa tenía una alarma en mi reloj que, de lunes a viernes, a las 6:45 p.m., me recordaba que tenía 15 minutos para llegar a un televisor y ver The Simpson. Esto con todo y burla de mis amigos.

Si estaba en casa era fácil, ya que era el único programa televisivo que podíamos ver en familia, todos juntos, sin pelear, mientras cenábamos.

Dicha ceremonia casi religiosa duró casi siete años. Al principio me sentía muy exclusivo, porque no todos conocían esa serie de televisión. Y más importante: No a todos les hacía gracia.

Podía repetir algunas punch lines de Homero en una reunión o en el colegio, y algunos reían. Claro, con los años conocí a personas con colección de figuras, camisetas, discos y tatuajes de la familia amarilla. En ese momento, dejó de hacerme sentir exclusivo.


En el estreno de Fox Latinoamérica de la temporada 30 de The Simpsons. / Foto: Pato's Funko Show

Ya después del 2000 los abandoné. Sus lugares en mi necesidad de reír con humor ácido y crítico fueron ocupados con el tiempo por South Park y Family Guy.

Así que, al haber sido invitado hace unas semanas por Fox Latinoamérica al preestreno de los primeros capítulos de la temporada 30 (la última sin el yugo de Disney), no pude dejar de recordar mis momentos favoritos, como cuando Steven Tyler grita “Hola San Luis” en su concierto en Springfield, o el capítulo en que Ayudante de Santa se conoce con Bart. Un gran personaje ese chucho.

No sé si el hecho de recordar nos ayude en algo más que alimentar la nostalgia. Pero al ver nuevamente las tonteras de Homero, volví a reír, igual como lo hacía hace más de 20 años en el comedor de mi casa junto con mis papás y hermanos, en paz, como una feliz familia semidisfuncional y pacífica.

#TheSimpson #TheSimpsonSeason30

lunes, 8 de julio de 2019

Deliciosas piñas locas


Anuncio postre piña
Foto: David Lepe Sosa

Caminaba por la sexta avenida con mi paraguas en la mano cuando me topé en el camino a dos jóvenes, vestidos como si fueran a ejercitarse. Todos unos “gymboys”. Íbamos en la misma dirección y sin querer me les acerqué un poco.

En esos momentos pensaba en si llovería esa tarde o no, cuando uno de ellos volteó a ver y dirigió su mirada a mí. Me vio de pies a cabeza. Seguí mi rumbo. Segundos después se dio vuelta y sin sacar las manos de sus bolsillos me dijo con voz intimidante: “Qué onda, ¿cuál es tu problema?”.

“Ninguno, tranquilo”, le respondí, intentando no demostrarle miedo. Igual, no le estaba haciendo daño, pensé.

Después de unos cuantos pasos más se volteó nuevamente, su compañero también lo hizo. Sacó las manos de sus bolsillos para decirme con voz más alta: “¿Querés una tu vergueada o qué putas?”.

Levanté las manos y le respondí mientras me cambiaba de acera para alejarme, y ya un poco asustado: “Mano, tranquilo, voy a recoger a mi hija acá cerca, no pienso en hacerte daño”.

Ellos siguieron caminando y por ratos me volteaban a ver. Decidí sentarme en una banca para esperar a que se fueran.

Medité por unos minutos si mi look (playera, pantalón de lona y tenis) era la nueva imagen de un asaltante, violador, villano de película de Tarantino o qué sé yo, mientras leía en un colorido letrero de la cafetería de al lado: “Deliciosas piñas locas”.

#PaseoDeLaSexta #CallesDeGuatemala #ParanoiaChapina

jueves, 4 de julio de 2019

Spiderman: Far From Home – Siempre es un buen día para ver una película de Spiderman


spiderman zone en Miraflores
En la Spider-Man Zone, en Galerías Miraflores. / Foto: David Lepe Sosa


Cuenta la leyenda (más bien, cuenta mi madre) que cuando era pequeño y comenzaba a perder en una chamusca contra mi papá, ya sea de futbol o beisbol, me ponía a llorar de la frustración. Así que sacaba mi máscara de Spiderman y decía: “Papa, ¿puede entrar a jugar el hombre araña?”, y de pronto el destino del juego cambiaba y, por supuesto, el pequeño enmascarado terminaba ganando.

“¿Y por qué se dejaba ganar mi papá?”, le pregunté hace poco a mi madre. “Pues, porque era el hombre araña”, me respondió levantando los hombros y moviendo la cabeza de un lado a otro.
Un niño que soñaba ser Spiderman. / Foto: David Lepe

Otra leyenda que se cuenta en mi familia es que, durante algunos años de mi niñez, ni mis padres ni mis abuelos querían acompañarme al cine a ver películas de Spiderman, porque pasaba la mitad del filme preguntando: “¿Dónde está el hombre araña?”. O, de manera más literal: “¿Onde ta omeaaña?”.

“Querías que ese hombre pasara con su traje trepado en las paredes toda la película”, dice mi mamá cada vez que se recuerda.

Ha sido mi superhéroe favorito desde que tengo memoria.

Por lo que, una fresca tarde de mayo de 2002, después de ver el estreno de “Spiderman”, con Tobey Maguire y Kristen Dunst, fue muy fácil decir la frase: “Siempre es un buen día para ver una película de Spiderman”.

Y así la he repetido durante estos años. Por más mala o débil que sea un filme del héroe arácnido, yo me la disfruto.

Foto: Sony / Columbia Pictures
Cuando Sony Pictures y la agencia UP me invitaron a ver el estreno de “Spiderman: Far From Home”, no pude sentirme más que dichoso.

Sencillamente, la película es muy buena. Me encanta ver a un Peter Parker chavito, con sus clavos existenciales de adolescente. La acción es nuevamente increíble. Me emocionó ver a Spiderman afuera de las calles y edificios de Nueva York. La relación de Peter y MJ es una dulzura. Y su amigo Ned se roba más de un par de escenas.

Muy recomendada.

Así que, recuerda de ahora en adelante: Siempre es un buen día para ver una película de Spiderman.

#SpidermanFarAwayFromHome #SpidermanLejosDeCasa #Spiderman

viernes, 20 de febrero de 2015

Searching For Sugarman – días de melancolía, de milagros y de aventura

El documental comienza con una canción de folk, apuñalada con una voz tan triste y melancólica como la letra. “Sugarman / won’t you hurry / ‘couse I’m tired of these scenes / For a blue coin / won’t you bring back all those colors to my dreams”, son las palabras de la canción acerca de la búsqueda de un dealer callejero.

Resulta que existe una leyenda en Detroit de un cantautor que, después de grabar dos grandiosos discos que nadie escuchó, decidió matarse encima del escenario durante un concierto.

Los pocos que lo conocieron lo describen como un ser oscuro y misterioso. Un espíritu malentendido y torturado hasta cierto punto.

Además de esa espeluznante trama, se disfruta de la música de este artista, que por cierto, es genial. Algunos en el filme lo comparan con un joven Bob Dylan, pero latino, siempre cantando en inglés. Todo esto se incluye en el conmovedor e impresionante documental “Searching For Sugarman”.

Hace algunos años, por causas de trabajo, tuve la oportunidad de viajar a Detroit. Las escenas del documental en la que muestran a una ciudad setentera, en decadencia y pobreza, se parece mucho a la que conocí. Los paisajes fríos e iluminados con luces neón, y la nieve mezclándose con la tierra y tornándose café (o “color mierda” como me dijeron allá).

Las calles están solitarias casi siempre porque no hay razón de salir de las casas. Hay demasiado frío y pocas plazas de trabajo. “¿Con tantos lugares tan bonitos en Estados Unidos, ¿por qué viniste acá?”, me estuvieron preguntando durante todo el viaje. "Con tantos lugares lindos, ¿por qué Detroit?".

Este cantante, conocido como Rodríguez, describió esta cochambrosa ciudad en sus discos. “Were you tortured by your own thirst / in those pleasures that you seek / that made you Tom the Curious / that make you James the Weak”, es otra de las afiladas líneas de este desconocido genio.

Así que, “Searching For Sugarman”, altamente recomendado.


lunes, 26 de enero de 2015

“La Grande Bellezza” - ¿Para qué sigo aquí?



Nunca he sido de las personas que visualizan su futuro. Lo he hecho en pocas ocasiones y en algunas he pegado en el blanco. A veces, el miedo te acuchilla los ojos y te ata las manos y los pies.

Al ver la película italiana La Grande Bellezza, y conocer a Jep, el personaje protagonista, no tuve la necesidad de invocar a poderes extrasensoriales para saber que por ese camino puede desembocar mi existencia, si es que me va más o menos bien.

Jep es un periodista y escritor que vive en una Roma que bien podría ser Guatemala: una ciudad amarga, vacía y descompuesta, que es una sombra de lo que pudo haber sido. “No me interesa ser mundano, quiero ser el rey de lo mundano”, dice el personaje mientras reflexiona que no puede seguir malgastando su tiempo en hacer lo que no le gusta.

Al ver a sus amigos hacer “el trencito” mientras bailan, Jep dice: “me encantan nuestros trenes, porque al igual que Roma, no van a ninguna parte”.

Seguramente llegará el momento en que la pregunta en mi tren deje de ser “¿para qué he venido?”, porque se habrá transformado en “¿para qué sigo aquí?”. Para esa entonces, espero que el cinismo o el cansancio sean dos medicinas que pueda utilizar para aliviar el dolor. Mi deber es practicar.

Los amigos de Jep son pocos, pero queridos. Los une la decadencia y el convencimiento de que todo está perdido, así que es mejor tratar de pasarla bien y sonreir uno al otro mientras el mundo sigue hundiéndose en la porquería. En eso ya estoy practicando.

Quisiera envejecer con esos amigos que les interesan los sentimientos y con quienes nos maravillaremos de los detalles de las bellezas pequeñas, porque dentro de unos años, las grandes ya habrán desaparecido.

Solo nos quedarán las memorias y la nostalgia, dos bestias que patean duro en la soledad.

lunes, 19 de enero de 2015

El grupo de Facebook Cinéfilos de Guatemala (o cómo cinéfilos de un país en desarrollo se rasgan las vestiduras)


Nunca pensé encontrar tanta pasión y entrega en un grupo de Facebook, y menos con una temática artística: el cine. Esa energía que tienen los guatemaltecos para pelear causas perdidas (Rojos vrs Cremas – Patriotas vrs Líder – roquers vrs fresas - católicos vrs evangélicos) se disfruta en Cinéfilos de Guatemala, donde encuentras de todo. ¿Qué mejor que discutir sobre cine?

"Es muy buena" - "Es malísima" - "Es mi favorita" - "Lo siento por tus gustos" - "Es la mejor de este género" - "Eres un ignorante" - "No es tan mala como la primera" - "¿Cómo de que no? es peor". Esas son algunas de las conversaciones que uno disfruta en el grupo. 

Pero no todo es pelea. Están los amigos que publican trailers y fotos de películas rarísimas, los que comparten noticias, los que colocan información insólita pero importante para cualquier cinéfilo, los que comparten sentimientos y experiencias y los que son buleados porque les gusta el cine comercial (o fresa pues).

Están los aficionados que idolatran a Lars von Trier (por lo menos aseguran haber visto Ninfómana, la uno y la dos), los que aseguran que los fanáticos de Nolan son (somos) hipsters, los defensores con piedras y palos de Stanley Kubrick, los que promocionan el cine nacional y los que adoran las películas de Woody Allen (ese soy yo).

Existen críticos y reseñistas neófitos que destruyen clásicos del cine como si fueran una bola gigante de acero tirando a pedazos a una edificación antigua, sin importarle la historia que guarda; sin valorar lo que significó en su tiempo y lo que inspiró a futuros creadores.

Hay expertos (así dicen) que aseguran que todo está bien, pero también está mal.

Están los que aclaman todo y también los que llevan la contraria (como cualquier grupo social en el país), y los que van contando las películas que ven (eso, mis respetos).

Hasta cortes comerciales se encuentran en la página cuando alguien entra a promocionar un producto, a solicitar dinero o a pedir likes para que su foto sea la ganadora en no-sé-qué estúpida competencia.

Y hay más de mil miembros que no dicen nada, solo ven, celebrando la aventura del voyeurismo.

Si te gusta el cine (y las batallas en redes sociales), puede ser que te la pases bien en este grupo. No soy el administrador, pero te invito a que lo experimentes. ¿Yo? Aprendí a pasármela bien.

Les deseo que vean mucho cine en sus vidas.

lunes, 15 de diciembre de 2014

En la mejor discoteca del istmo, dicen, que la vida es más sabrosa

Miré al cielo negro, sin estrellas, y pensé: ¿Qué hago aquí? Estaba sentado en un sofá de la supuesta mejor discoteca de Centroamérica, donde el precio de la entrada es de muchos dólares y los límites del derecho de admisión se van hacia el infinito y más allá. A mi derecha tenía a personas bailando, comiendo, tomando cocteles, pasándosela bien sin importar qué diablos sucedía a su alrededor. A mi derecha miraba la ciudad de Panamá a través de las paredes de vidrio del piso 62 del Hard Rock Hotel, donde hay una espectacular e inolvidable vista de 360 grados a edificios, al mar y a pequeñas luces callejeras.

Por ratos descubrí que no me gusta bailar en las discotecas, bodas y demás ocasiones en mi país porque la música es horrible o ya me envejeció del aburrimiento. En Guatemala estamos bailando la misma música desde hace 5 años. Esa salsa, ese reguetón, ese interminable mix de Olga Tañón, ese maldito “Meneito” que me hace transpirar solo de ver la coreografía… eso no existía allá, en la Roof Lounge Bits. Ritmos y beats ingeniosos, un poco de electrónica, de pop, de rock, de Pharrell, de Sheeran, de Lorde, de Harris, de Guetta, de Rihanna. Hasta Pitbull sonaba como un genio de la melodía. Si no era lo mejor, por lo menos lo sentí novedoso, fresco, “trending” diría por ahí la mara cool.

Al final me desahogué moviendo la cabeza, cantando, tomando una que otra cerveza. No se me dificultó pasármela bien. Fue un victoria fácil, aunque por ratos pensaba que no merecía estar en ese lugar. Como dice el personaje de John Cusack en "High Fidelity": "Me sentía falso, como esos tipos que se rapan la cabeza y de repente comienzan a decir que toda su vida han sido punk".

¿Caquero? Bastante. ¿Molesto? No mucho, y menos cuando eres invitado de un viaje de prensa. ¿Lo repetiría? Puede debatirse, aunque confieso, hubiera preferido estar en el stagebar del segundo nivel escuchando un medio aburrido tributo a Soda Stereo, en un sofá cómodo, sin compañía y con un coqueto bar abierto, y cantando a gritos (en mi cabeza) “no quiero soñar mil veces las mismas cosas”.

También dicen que viajar abre la mente.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Cuando me deprimo leo “Rockstar!”

Llevaba más de un año de tener empolvado “Rockstar!”. Eso que mis libros favoritos estén empolvados me dice algo, mucho. Pero bueno, “Rockstar!” es un libro de Julio Prado, a quien tengo el gusto de conocer. Me lo vendieron en un paquete de cuatro poemarios. Aunque no soy experto, para mí no son poemas, más bien son historias cortas de este personaje que si no es Julio, bien tendrá mucho de él.

La primera vez que lo leí andaba en depre total. La segunda y la tercera andaba a medias. Con tanto trabajo y estrés ya ni da tiempo para deprimirse tan seguido.

Realista, oscuro, pesimista, víctima, fantasía, soledad, desesperación… hay un poco de todo. “Hoy el televisor tiene noventa y ocho pruebas contundentes para demostrar que no seré feliz / no tendré un gimnasio en casa / no seré el tipo que todas aman / ni tendré una esposa colombiana”, se lee.

Su visión de la ciudad es tenebrosa. “Esta ciudad te permite morir sin conocer un hospital / cualquier acera puede ser tu camilla / sin una enfermera gorda que te lave los intestinos mientras se queja de su salario”.

Al ser abogado, el personaje del autor se convierte en ocasiones en una especie de superhéroe luchando contra el mal. Los resultados están muy lejos de los que vemos en el cine o los comics. “Llevamos siete sentencias al hilo / todos culpables / pero los niños / ¿hemos podido hacer algo por ellos? / ¡habré podido ser mucho más que un simple testigo de sus dramas? / ¿les he construido camas donde puedan acostarse a soñar una vida distinta?”, reflexiona

Cada texto tiene el nombre de una estrella de rock. Esa es la guinda del pastel. Y aunque todavía no termino de perdonarle del todo que haya escrito de manera equivocada el nombre de Eddie Vedder, agradezco que su texto sobre la muerte es tremendo, bárbaro, de mis favoritos.

Libro: “Rockstar!”
Autor: Julio Prado
Editorial Catafixia.

lunes, 1 de diciembre de 2014

La melancolía de Amable Sánchez Torres

No soy un experto en poesía, pero cuando leí las colecciones de poemas “Nudos en la sombra”, “Delito mayor” y “Cosa cordial” de Amable Sánchez Torres, se abrió una puerta en mi mente.
Vaya que la melancolía nos tira al suelo y juega con nuestros recuerdos como niño con trompo nuevo (o app de trompo en algunos modernos casos).
Varios textos rozan con ser cartas de despedida antes de la muerte, con la idea de “ya me voy, estuvo bonito todo, hubiera querido más, hubiera preferido que fuera mejor”.
No siempre estar despierto es estar vivo”, dice uno de los poemas. “Quizá somos los hombres como esas estrellas que murieron hace siglos y cuya luz nos llega todavía”, sigue. “Haber vivido, entonces, solo será un traspiés en la memoria”, remata.
Tiene textos bañados en vacío y abandono, algunos en esperanza y otros en la urgencia por soñar, sin importar si sea dormido o despierto.
“Yo me rebelo contra mi destino y le escupo a la cara a quien intente jugar conmigo a la gallina ciega. Judas no es un traidor, sino una víctima tan indefensa como otras. Que nadie lo condene sin escucharlo antes”, escribe el autor.
Destaco esto porque tengo el deseo de volver a leer estos libros, y regresar a estas palabras que me ensañaron a no distraerme en cosas que no valen la pena, porque nuestro tiempo está contado y es valioso. Y cuando llegue el momento de cerrar los ojos, lo quiero hacer con una sonrisa, al menos a medias.

Gracias Eddy Roma por el regalo.

Ahora, las vida y las decisiones del autor son otra cosa. Si quieres saber más acerca de Amable Sánchez Torres, pulsa acá.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Gracias


Suelo elevarme y dejar que la imaginación timonee el rumbo, aunque el mar esté rudo y yo no quiera sostenerme. En ocasiones me pierdo del norte y los disparates controlan mis pensamientos.
Pero tú me atraes, me atrapas, me tomas de la mano y me invitas a navegar en la tierra. Sustituir los ajetreos por abrazos, la paranoia por caricias, las lágrimas por los besos.
Aunque a veces tardamos mucho en entendernos, eso es nuestra arma y escudo, un atributo para las revueltas, una llamarada para el afecto.
Me prometí ser mejor cada día y por ese camino creo ir.
Quiero crecer contigo y ser de esas “parejas de viejitos” que vemos en las calles.
Gracias por dos años de tu amor y brindo por miles más, porque, como lo bailamos aquel 1 de diciembre, quiero tu amor “por más de mil años”.