El valz triste

Los seis primeros trastes se veían gastados. Varios golpes en el brazo y el cuerpo. Calculo tenía unos 30 años de uso. Esa guitarra era el instrumento con que el señor nos tocaba “Un valz para una madre”. Yo nunca le había puesto tanta atención.
Me impresionó el nivel de melancolía. Mi hermano, quien es músico, estaba fascinado con el sonido de la guitarra y de la voz cansada y gastada del hombre. Terminó. Le aplaudimos. Le pagamos. Yo me sequé una lágrima de cocodrilo.
“¿Y quién escogió esa canción tan triste? Agradezcan que no hice el Harakiri aquí en la mesa”, dijo mi madre colocando los dientes de un tenedor en su pecho.
“De nada mama”, le contestamos. “Feliz día de la madre”.
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