1001 discos que hay que escuchar antes de morir… o cómo no estresarse en el intento de leer este libro
Comienzo a
leerlo, contento, emotivo, y me encuentro con reseñas de Fleetwood Mac, Elton John,
Rod Stewart, David Bowie, Van Morrison, Prince, Morrisey… todos grandes
artistas que ni siquiera un greatest hits entero he escuchado. Me muero de la
vergüenza. Vaya melómano tan mediocre que terminé siendo. Comienzo a bajar su música.
Uno, dos, cinco, diez discos… ¿A qué hora escucharé tanta música? Me estreso. Tiro
el libro a la chingada y trato de ignorarlo.
Días después,
ya con un mejor ánimo, lo abro y me encuentro con reseñas acerca de Neil Young, The
Beatles, The Rolling Stones, Led Zeppelín y Bod Dylan. Suspiro… esos ya son
viejos conocidos. De ahí me aburro y comienzo a buscar solamente a mis artistas o
discos favoritos. Encuentro algunos, faltan muchos. Ni modo, es el peligro de
dejar que un británico hable sobre música. El libro es británico ¿no?
Y entre la
lista que dejó afuera a The Cranberries y Tool, encuentro Baby one more time (1999) ¿¿¿de la Britney Spears??? ¿Qué
putas? Pues, al final termino accediendo, es un genial producto comercial, que
te roba el instinto sexual y resulta inolvidable. Me refiero a ella. La
música es una mierda.
Así que,
les comparto algunos de los discos que más me alegré que estuvieran en este
gigantesco listado, y acompañados de una de las frases de cada uno que más me llegó. Abramos
una chela y digamos: “Salud”.
Led
Zeppelín IV (1971) de Led Zeppelín. Muestra al grupo lleno de pomposidad e
indulgencia.
The dark side of the moon (1973) de Pink Floyd. Los que nunca han escuchado a Pink
Floyd, deberían comenzar por este disco.
Ramones
(1976) de Ramones. Declaraciones básicas de lujuria y necesidades juveniles.
Highway to hell (1979) de AC/DC. Su estilo rudo y despreocupado resume a la
perfección la esencia más pura del género.
Hysteria
(1987) de Def Leppard. Pour some sugar on me, que parecía música de
streaptease, se disparó hasta alturas insondables.
Appetite for destruction (1987) de Guns N’ Roses. Vestidos con andrajos y con las drogas
hasta las orejas, eran los Stones y los Sex Pistols en uno. Casi todas, digan
lo que digan los créditos, nacieron en la cabeza de Stradlin.
Bad (1987) de
Michael Jackson. Fue más complejo, más redondo y más “malo” que Thriller.
…And
justice for all (1988) de Metallica. Es una gloriosa despedida a los sonidos extremos.
Ten (1991) de
Pearl Jam. Entonaba el grito de guerra de una época intensamente novedosa y
emocionante en la historia del rock and roll.
Dry (1992)
de PJ Harvey. Utilizaba el humor negro y decadente para atacar las expectativas
femeninas mediante su disección del amor y el sexo.
In Utero
(1993) de Nirvana. Señalaba la dirección melódica que seguramente habría tomado
la banda de no haber muerto kurt Cobain
The downward spiral (1994) de Nine Inch Nails. Si habla de ti y no eres Trent
Reznor, es para preocuparse.
(What’s the story) Morning glory? (1995) de Oasis. Fue el epicentro del Britpop,
un rejuvenecimiento cultural que introdujo a Gran Bretaña en los 90.
Ok computer
(97) de Radiohead. Sintetizar a los Smiths con Queen suena demencial.
Clandestino
(98) de Manu Chao. Explora el dolor de la carretera.
Follow the leader (98) de Korn. Las letras son tan desagradables como los fans
podían desear, aunque suelen utilizarse para subrayar la intolerancia y la
crueldad.
Californication
(1999) de Red Hot Chili Peppers. Aprecia la belleza de la vida, la tranquilidad
y el amor más que las fiestas salvajes.
Kid A
(2000) de Radiohead. ¿Por qué Tom Yorke sonaba como si cantase dentro de un
lavabo?
Stories from the city, stories from the sea (2000) de PJ Harvey. Era más firme y pulido que los álbumes
anteriores.
Gorillaz
(2001) de Gorillaz. De entre las golosinas auditivas que atesora el disco
destacan los flirteos con el dub reggae y el punk.
Come away with me (2002), de Norah Jones. Una invitación sensual que es imposible de
rechazar.
Hail to the Thief (2003) de Radiohead. Seguían experimentando, pero la mezcla
resultaba cómoda.
Elephant (2003) de The White Stripes. Que transmita tanta oscuridad y frustración
solo sirve para definir su grandeza de clásico.
Y aunque
agradezco que incluyeran a casi todos de Radiohead y Pink Floyd, hay muchos que, pienso yo,
debieron haber entrado a ese listado.
Para mí,
los que hicieron falta y les recomiendo escuchen antes de morir, son:
Ride the lightning (1984 y 1989) de Metallica
Flesh & blood (1990) de Poison.
Use your illussion (1991) de Guns N’ Roses.
No need to argue (1992) de The Cranberries
Vitalogy
(1994) y Yield (1998) de Pearl Jam.
Wildflowers (1994) de Tom Petty.
AEnima
(1996) de Tool
Psyence
Fiction (1998) de UNKLE.
From the Choirgirl Hotel (1998) de Tori Amos.
Más tarde,
quiero escribir un top ten de las canciones que recomiendo escuchar antes de
morir. Espero escribirlo…claro está, antes de morir.
1001
discos que hay que escuchar antes de morir, recopilación hecha por Robert
Dimery.
Editorial Grijalbo.
Gracias por
el largo préstamo, Allan.
Comentarios
Da gusto leerte nuevamente por aquí, saludos!
Lo mismo que vos pense cuando aparecio Britney Spears, Miss Dynamite, Christina Aguilera e incluso el mamón de Fred Durst, desgraciadamente esto obedece al pesimo gusto que se tuvo a lo largo de los 00s que no fue más que un hibrido de las decadas pasadas, claro se hizo buena música en los 00´s lo que pasa es que no toda fue mainstream para ser reseñada, a mi criterio fue gran metida de pata el haber incluido ese tipo de artista pero ni modo asi son las cosas.
Yo te recomiendo que mires la versión actualizada del mismo libro que tu servidor reseño el año pasado, además hay otro por ahi de las 1000 canciones que hay que escuchar, a manera de tener una biblioteca sobre musica no vendria mal, simplemente hay que ignorar esos lapsos negativos por decirlo asi.
[Por cierto, a mi si me gustaría saber cuáles son los 1001 sitios o películas porno que tengo que ver antes de morir XD]