lunes, 9 de abril de 2012

La chica con aliento de dragón – Primera parte


A principios de los noventa, con mi amigo Julio éramos dos adolescentes aburridos de la vida y de nosotros mismos, como muchos imagino. Nos desahogábamos en la música, sobre todo en el rock. A veces parecíamos una especie chapina de Beavis & Butthead, pero un poco menos estúpidos, eso espero.

Una noche salimos cansados de un Trash Attack (así se llamaban los conciertos con bandas nacionales de rock Metal y Trash). Se celebró en un salón de la Avenida Bolívar, el cual los domingos se llena de trabajadores que solo descansan ese día, y lo deciden pasar bailando marimba.

Nos subimos a una de las últimas camionetas de la noche. Julio me señaló a una chica sentada en el último asiento. Él tenía una facilidad para hablarle a mujeres de toda edad y nunca supe qué tanto les decía. “Mirala, ella estaba en el concierto y creo que vive en nuestra colonia. Yo le hablé una vez, pero no recuerdo su nombre. Vamos a acompañarla”, me dijo. Su pelo era liso y le llegaba hasta el cuello, y un mechón azul le tapaba la mitad del rostro. Vestía una playera gris de Testament y un pantalón de lona roto de las rodillas. Su cara era bonita, con todo y el mal maquillaje. La noche había sido amarga, así que la idea de hablarle a una chava bonita y roquera hubiera podido salvar la velada.

Nos llamó la atención que aunque el bus iba casi lleno, alrededor de ella estaba vacío. Nos acercamos y la saludamos. Ella nos volteó a ver con sus ojos rojos y semi cerrados, y nos saludó con un “hola”.

De su boca salió una pestilencia que ninguna rinitis hubiera detenido. Era un aliento repugnante. Recuerdo, era una mezcla de ron, tabaco, mariguana, vómito y papalinas. Ah sí, y sangre. Julio comenzó a toser con intensidad. Le advertí que si vomitaba, yo también lo haría, y pedí que se aguantara o se alejara. Y así, entendí por qué ningún pasajero se le había acercado.

Después de su cálido saludo, se limitó a balbucear palabras. Julio decidió alejarse. Yo me tapé la nariz con mi camisa y traté de averiguar si se sentía bien, aunque sus ojos brillosos y rojizos ya me daban una pista de la respuesta.

“Acompañémosla hasta la colonia y tratemos de llevarla hasta su casa, si es que se acuerda donde vive”, gritó mi amigo desde lejos. Levanté mi pulgar en señal de aprobación y cuando volteé la mirada la chava, noté que lloraba. Saqué una servilleta sucia de mi bolsillo y le limpié un poco las lágrimas. Pensaba que ella debía sentirse fatal. Luego sacó la cabeza por la ventana y comenzó a vomitar.

1 comentario:

Omar dijo...

Pobre chica con aliento de dragón. Ya no la volviste a ver aunque fuera de lejos? Saludos!