La chica con aliento de dragón – Parte 3 y final

Julio sacó una moneda de veinticinco centavos y la tiramos. Cayó cara, significando que debíamos acompañar a esa señorita por unos minutos más. Probamos dos de tres con la moneda, y volvió a caer cara. ¿Podía ser más maldita esa noche?
A los pocos minutos ella se animó a caminar algunos pasos hasta llegar a un teléfono público. Yo carecía de monedas, así que usamos la de Julio, la de la suerte, para realizar la llamada. Ella marcó un número y nuevamente comenzó la murmurada. Le arrebaté el auricular y pregunté quién hablaba. “Soy Javier”, dijo una voz preocupada. Me presenté y le narré algo como que encontramos a una chava de pelo liso con mechón azul, playera de Testament, demasiado peda para hablar y le pedí llegara a recogerla.
Esperamos diez minutos para que se apareciera un Datsun rojo, descuidado, con música a todo volumen. Se bajó un tipo delgado, con el pelo rapado, traje de cuero y mostrando algunos tatuajes en los brazos. Vio a la chica, se le acercó y le dirigió una manada en el rostro, digna de un boxeador profesional. Creo que sonó "poch". El golpe aterrizó en su frente, dejándola en el suelo y más atarantada. Con Julio de inmediato levantamos los brazos en muestra de paz, pero en verdad temimos por nuestra vida.
El encuerado tomó a su presa del pelo y la arrojó al asiento del copiloto en el Datsun. Luego volteó su mirada demente hacia nosotros. Comenzamos a explicarle que no la conocíamos, que la encontramos en la camioneta, bla bla bla… él se limitó a examinarnos con sus ojos irritados. “A ustedes los he visto en los Attacks, y tu apellido el Lepe, sí pues, yo estudié con un Lepe, era un imbécil… saben qué, mejor préstenme 20 pesos para la gasolina, así me llevo a esta pisada”, nos dijo. Yo le di los últimos siete quetzales de mis bolsillos, Julio se declaró en quiebra muy valientemente.
Y mientras el carrito colorado desaparecía de nuestras vistas, la aventura de ese sábado por la noche terminaba. Me pregunté en voz alta si alguna vez la volveríamos a ver, a lo que mi amigo respondió “espero que sí, me debe veinticinco len”.
Tres semanas después, en otro Trash Attack organizado en una bodega abandonada, la volvimos a ver. Decidimos no acercarnos por miedo a que nos acusara de haberla emborrachado, drogado y golpeado aquella noche. A diez metros de distancia la observamos hablar con sus amigas, sonreir, gritar cuando sonaba alguna de Metallica, tomar cerveza, fumar cigarros de extraña procedencia y tomar unas misteriosas cápsulas anaranjadas.
Comentarios
Me agrado mucho esta serie de la Chica del aliento de dragón, realidad o ficción, pero bastante interesante y bien contado.
Saludos!
Diana