La chica del anuncio no está por aquí
En el letrero del
carwash se ve la fotografía de una señorita de rasgos asiáticos, con
diminuta, apretada y mojada ropa, y una esponja enjabonada en su
mano. La espuma vuela por todos lados, hasta cerca su brasier. Sonríe
con una dentadura blanca perfecta.
En
realidad, quien lava los carros en ese carwash es un joven, menor de
edad, con gorra puesta de manera torcida, camiseta, pantalón de
lona, mitad del boxer de fuera y tenis altos.
Es como la canción
“Nassau”, de Hombres G, que cuenta la historia de un español que
se va a vivir a Nasáu, ese lugar paradisíaco de las Bahamas que vio en la
publicidad, pero al final solo llega a esa hermosa ciudad a comer mierda. “La chica del
anuncio no está por aquí” y "con lo bien que estaba yo en Madrid, con mi jugo de piña y mi casita gris" canta Summers en la rola.
Volviendo al carwash, en
ocasiones de emergencia, al joven lo ayuda su jefa, una mujer de ceño
fruncido, amable con los clientes, una fiera con el lavador.
Cualquier rincón
del carro que no está limpio al final, es razón para tirar el
regaño. Desde “no tenés cerebro”, hasta “te lo he dicho mil
veces” son los sermones más repetidos.
Parece que hay un jefe
mayor en el carwash, un estilo de CEO dirían por ahí, que es un
señor de gorra celeste y camisa a rayas. Nunca lo he visto haciendo
algo. Miento. Una vez se levantó de su silla para alcanzar el
periódico.
Después de meses de
ir a ese carwash, noté que el joven que lava no es el mismo cada día
y que lo cambian de manera quincenal. Y quien llega al puesto siempre
viste una gorra puesta de manera torcida, camiseta, pantalón de
lona, boxer salido y tenis altos. Los regaños y las jefaturas no han
cambiado.
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