Golpes al aire
Su tarea era llevar a
empujones a su hombre, ebrio, de regreso a casa. La dificultad de su
misión era hacerlo mientras esquivaba los golpes sorpresivos que
él le lanzaba.
El puño, la palma, el
codo, cualquier parte de su brazo era ideal para conectar con la
cabeza de la diminuta mujer.
Ella se hacía los quites
de una manera tan perfecta que apuesto a que no era ni la primera, ni
la segunda o la tercera vez que lo practicaba.
El hombre tambaleaba y no solo tiraba
manadas, también insultos a gritos, sin dejar de comer sus tortrix
barbacoa y escupir parte de ellos cuando abría la boca.
Las personas en la parada
de bus no se movieron cuando la activa pareja pasó cerca de ellos,
ni para ayudarla, ni para ver más de cerca, ni para huir o evitar
ser receptor de un golpe al aire.
Los agentes de la policía de la estación de la esquina,
al contrario, sí se movieron, para reírse y bromear. “Ya te
llevan a casa, vos”, se decían. “Llamate a aquel, que vea lo que
le va a pasar si sigue chupando los martes”, expresaban.
El semáforo dio verde y
seguí mi camino, dando vistazos morbosos por el retrovisor, para
atestiguar la conclusión de la misión de esa mujer.
Comentarios