Cuentos de Bogotá 4 – Ni un kilo lo dejan pasar a uno
En la
puerta 6 del Aeropuerto Internacional El Dorado, en Bogotá, trataba de eliminar
el tiempo antes de abordar mi vuelo de regreso a Guatemala. Leía las últimas
páginas de la biografía de Slash con el telenoticiero de farándula local como
sonido de fondo.
Me
desconcentraba un poco una chica que hablaba, perdón, gritaba por su celular.
Usaba muchas palabras en solitario, o sea, pocas oraciones completas: “¡sí!”,
“¿no?”, “aguante”, “dígalo”, “ciudado”, “bobada”, “jódase”.
La vi por
primera vez al hacer cola para entrar al avión. No le calculé más de 18 años de
edad. Vestía un pantalón de lona ajustado y de cintura muy baja, una blusa
corta que le dejaba el ombligo bien ventilado y un escote generoso. Pintura y
peinado nítido, como de fiesta. Y seguía con el teléfono pegado a la oreja.
La
interrumpieron tres policías, uno con un perro, y le hicieron una serie
preguntas en voz baja. Ella comenzó a llorar. Se la llevaron. Recordé todas las
películas de las llamadas “mulas” que he visto. Ni modo, yo seguí en la cola.
Minutos
después regresó con los ojos rojos y el maquillaje destrozado. Sonó su ringtone
cumbiero y respondió la llamada. “¿Ya ves?, ni un kilo dejan pasar a uno,
jajaja”, dijo, y entró al avión.
La segunda
vez que la vi fue cuatro horas más tarde, en el Aeropuerto Nacional de La
Aurora, Guatemala. Y sí, nuevamente hablando por su celular, diciendo “ya vine,
hey, y le traigo una sorpresa, le gustará, si me trata como princesa, se la doy”.
Comentarios
Saludos!
Parece que es algo mas cotidiano de lo que parece.