
En el aula, más de veinte niños vestían como estrellas de rock. Willy cargaba su chumpa de cuero, cantaría Life is life; Ingrid limpiaba su vestido de lona y peluca para su turno con What’s love got to do with it. Todo orquestado por Miss Ale, quien para nosotros era una de las maestras más queridas en el colegio, y ahora que lo pienso ella debió ser una recién graduada de magisterio de tan solo 18 años y fanática a morir de la música pop. A cada uno nos dio una canción para sacarle la letra, aprendérnosla y cantarla en frente de la clase como examen final de Inglés.
Yo tuve la responsabilidad de interpretar a Paul McCartney y cantar Yesterday. Mi madre, beatle-fan de toda la vida, me ayudó con las líricas y con aprendérmelas. Practiqué mucho con ella. Los tiempos no se me dificultaron pero temía por mi memoria y mis nervios, nunca han sido una ventaja, todo lo contrario.
Regresando al día del gran evento, Mau se puso un traje de karateca y cantó The moment of truth mientras tiraba patadas voladoras, muy a lo Karate Kid. Charlie no desaprovechó y con sus lentes oscuros y chaqueta roja se hechó Billy Jean, con todo y moondance. Todos aplaudían los buenos shows y abucheaban a quienes olvidaban las letras. Crueldad natural de niños.
Llegó mi turno. Con tacuche azul y guitarra en mano pasé adelante. Miss Ale dio play y esas notas de guitarra acústica tan solitarias y melancólicas de Yesterday comenzaron. A casi veinticinco años de ese momento ya no recuerdo si canté bien, si confundí palabras o la calificación. Pero no olvido la sonrisa de Miss Ale al final de la canción y las tardes retrocediendo y dándole play al cassette viejo de Yesterday con mi madre, cantando una y otra vez esa canción que ahora sé, Paul la escribió pensando en su mamá. Qué casualidad.






