
“Hoy sí, se van a poner pilas porque ya tienen porra”, bromeó Otto cuando llegaron nuestras novias a vernos jugar. Me acerqué a ellas. “¿Mujeres preciosas, qué saben de básquet?”, les pregunté. “No mucho”, me contestaron. “Perfecto, porque vamos ganando”, les mentí. Igual, no les importó gran cosa. Se sentaron en unas hamacas a platicar.
Nos llevaban 9-0. Me sentía derrotado. Al intentar manejar un ataque, reboté el balón en el pie y la agarró Alexander, quien corrió a hacer un enceste. Jorge lo intentó interceptar. Alexander le hizo una muy buena finta y mi compañero se la comió. Su cuerpo pasó de largo, pero su puño quedó impregnado en los dientes del atacante. Todo un nocaut. El juego se paralizó y aprovechamos a tomar agua y jalar aire.
Alexander ya no regresó a la cancha. Vaya, que maravillosa estrategia, lesionar a la estrella del otro equipo. Retomamos el juego con más energía, más control. Recordé los tiempos de Dennis Rodman y comencé a ganar todos los rebotes defensivos y ofensivos a puras shucadas. Ronald, quien se había golpeado la pierna cuando chocó con la espalda de Otto y cayó fuera de la cancha, también estaba más seguro en sus coberturas. Aunque seguíamos fallando, ellos también dejaron de encestar.
Comenzó a llover. Tomé la esférica, la limpié del agua y la pasé a Jorge. Lo cubrieron muy de cerca, pero de alguna manera logró jalar doble marca y regresarme la pelota bajo sus piernas. La recibí, corrí hacia adelante. El defensor Otto en vez de atacarme, cubrió a Ronald. Me encontré cerca de la canasta y sin marca. Me detuve, respiré y tiré. El balón tocó aro y entró. Entró. ENTRÓ… ¡ESA MIERDA ENTRÓ! Dejé por unos segundos el brazo levantado con la muñeca doblada. La remontada estaría cerca de iniciarse. Que rico se sintió. Qué lindo es este deporte.
La lluvia arreció. Nuestra “porra” se fue corriendo a la casa. El juego se detuvo. Marcador final 10 a 1. No hubo remontada, pero nos quitamos el cero. Como no quisieron mojarse, el equipo ganador nos invitó a entrar a su chalet y a tomar unos tragos. Mientras nos contaban sobre sus negocios de ganadería y otras cosas, yo no podía dejar de pensar en mi enceste.
Regresamos a la casa una hora después. “¿Viste mi canasta?”, le pregunté a mi novia. Me respondió que no. “Pues me da lástima, porque te perdiste el nacimiento oficial del Air Viejos Team”, le dije emocionado. Ella me dio dos palmadas en la espalda y dijo “lo que tú digas, mi amor”.







