
Julio, mi amigo todo terreno, manipulaste mi subconsciente. Esas mañanas noventeras cuando me dabas jalón a la Universidad o cuando te visitaba en tu casa, y ponías ese maldito caset de Golpes Bajos, me afectaron. Me obligabas a decirte “mano, quitá esa fresada”, y me respondías “nel David, son buenos, no entiendo por qué no te gustan”.
Hace unos días, de público con mi flaca en el “gran regreso” de Golpes Bajos, fueron demasiados los recuerdos chocados en mí, sin misericordia. Recordé lo tanto que te gustaban, los ruegos para acompañarte a un concierto de ellos en La Boheme, tus sueños de tener una novia igual a la vocalista Misha. “Qué chava vos, qué preciosa, y canta precioso”, me decías, casi a diario.
Al día siguiente de cada concierto llegabas a mi casa a contarme, segundo a segundo, todo el evento. De manera increíble, eso quedó grabado en mí.
Te juro cada nota, cada acorde, cada coro de este concierto del “regreso”, era como si estuviéramos otra vez juntos hablando de muladas de adolescente, con rock adolescente de fondo. Y me hiciste falta.
Y ahora, más de diez años después, me gustaría decirte “sí es buena la rola de Historia del amor”, que “sí da buen ambiente Maldito el día y Mala suerte”, y que “sí Misha se ve muy bien cantando la de Alannis”. Me hubiera gustado decírtelo en persona, y que me respondieras “te dije, te dije, me hubieras acompañado aunque sea una vez a La Boheme”. Sabés Julio, creo que sí.
Espero si algún día te encuentro allá arriba, escuchemos juntos tu maldito caset de Golpes Bajos.



