
Entramos a la habitación. No era mayor cosa, pero la cama se miraba limpia. Eva me prestó Q25 para alcanzar los Q100 que valían las 3 horas en el nido de amor. Yo desconocía que no aceptaban tarjeta de débito o crédito, y solo eso cargaba. Dejé mi celular a propósito adentro del carro para evitar ser molestado. Eva entró al baño. Mientras esperaba, no sabía qué hacer. Prendí la televisión para ver porno, pero la imagen no creí diera una buena impresión. No quiero ser muy gráfico, pero la película mostraba a dos hombres semidesnudos y a una rubia de rodillas. Apagué la caja tonta.
Me acosté en la cama y desabotoné mi camisa, me quité el cincho y el pantalón. Luego me volví a poner el pantalón y abotoné la camisa. Después me desabotoné la mitad de la camisa y bajé el zipper del pantalón. La verdad no sabía qué hacer. Solo podía imaginármela saliendo del baño en ropa interior seductora. Para mi sorpresa, salió vestida todavía. “¿Por qué no prendes la tele?”, me preguntó. “No creo que desees ver a una señorita haciendo gárgaras, y no precisamente con enjuague bucal”, respondí. No entendió el chiste, pero cuando encendí la televisión y expliqué, le saqué una gran carcajada. Me vio. Se recostó en la cama conmigo y comenzó a besarme, a acariciarme la cara, el cuello, los brazos, el pecho. Y yo que no tenía un contacto físico en tanto tiempo. Y ella que besaba como las diosas.
“¿Tienes los preservativos?”, me dijo frenando los besos. Que idiota, los había dejado en el carro. Le prometí no tardar y fui al traerlos corriendo y agarrándome el pantalón con una mano. Estos paquetes los había pasado a comprar antes de reunirme con ella. Eran unos de larga duración y otros tropicales, para los postres anticipados.
Vi mi celular y tuve la corazonada de chequearlo. Tenía 15 llamadas perdidas y un mensaje de texto. Todas las llamadas de mi ex novia, y el único texto decía “quiero hablar contigo”. Me senté en la grada afuera de la puerta del cuarto. No lo podía creer. La llamada que esperaba hace 7 meses, precisamente en ese instante la encontraba. Yo no tenía saldo, pero sabía que si entraba una llamada y yo contestaba, la plática se extendería por horas.
La luz del teléfono se encendió, su última llamada estaba entrando. Mientras decidía contestar o no, yo recordaba mi noviazgo, lo tanto que me gustaba, nuestros juegos inventados y lo infeliz que era a su lado porque vivía confundida si me quería o no. La última vez que hablamos fue para decidir si quería quedarse conmigo o dejarme. No me contestó y supuestamente, siete meses después, me llamaba para darme la respuesta. ¿Es ya muy tarde? ¿Todavía hay tiempo?
Estaba confundido. No sabía qué opción escoger y cuál desperdiciar. Abrí la puerta del cuarto, desconcentrado, para hablar con Eva. Ella me esperaba en la cama, ya sin ropa y con la mirada más penetrante que había visto en mi vida. "Vení pues", dijo con ese tono de voz enloquecedor. Lo decidí en ese instante. Tiré el celular, tiré mi ropa, tiré mi cuerpo a la cama y me tiré a esa mujer. No contaré detalles, pero puedo compartir que el menú de esa noche, sin orden específico, fueron 6 cervezas, 3 sudoraciones divinas, 2 paquetes vacíos y 2 hamburguesas, pero sin papas fritas porque las frituras dañan al corazón. Así terminó esa noche inolvidable de viernes, donde la envidia se convirtió en placer.
Ya pasaron semanas y no he hablado con mi ex. Mi amigo "el compai" hasta me compró una medalla de honor al mérito, de chicle por supuesto, pero el significado es lo que vale. Yo me siento de maravilla. Y Eva me comentó que tal vez regresaba con su novio y sería para casarse de una vez por todas. Me lo dijo anoche, en su casa, mientras nos vestíamos y fumábamos unos cigarros de su madre, quien estaba de viaje. Yo le aconsejé que lo platicaran, que no esperara siete meses para hacer su llamada. Uno no sabe lo que le espera en el camino. Y como dice Facundo Cabral, “a la mesa y a la cama, solo se llama una vez”.